Inés

Inés era una mujer de 80 años cuando murió. Inteligente, amorosa y comprensiva, era la cabeza y el corazón de una familia numerosa que incluía hijos y sus cónyuges, además de muchos nietos que sentían una gran admiración y amor por su abuela.
Su visión se ve afectada irreversiblemente por un problema de­ generativo de la mácula, lo cual, siendo ella una lectora infatigable, la quebranta y deprime a pesar de que su familia busca alternativas para llenarle el tiempo que antes ocupaban los libros.

Un tumor cerebral no maligno (meningioma) aparece en la fosa posterior y altera su equilibrio. Es operada exitosamente y la masa es removida casi en su totalidad. Pero unos años después reaparece cre­cida y genera múltiples estragos que amenazan la calidad de su vida.

Debe ser medicada con esteroides por dos años, los cuales progresiva­mente le van haciendo daño. Su médico mantiene a lo largo de todo este tiempo una relación comprometida, confiable y sincera con ella y su familia y por muchos meses las situaciones se manejan con un claro criterio paliativo que excluye la posibilidad de otra cirugía, así como cualquier tipo de exámenes invasivos que le mortifiquen.
Llega un momento en que su equilibrio es irrecuperable y ello,más el efecto de la cortisona, la reduce a silla de ruedas. Lamenta perder su independencia, además de la visión, y debido a un pro­blema pulmonar debe también aceptar el oxígeno permanente.

Existió un consenso respetuoso entre la paciente y su médico tratante, respetado por la familia. Según ese acuerdo, se optaría por medidas estrictamente paliativas que buscaban aliviada en lo posible. Un psicólogo le ayuda a elaborar un torrente de pérdidas irreparables que anticipan su muerte.

El médico la visita en casa pues ella renuncia a la posibilidad de ser hospitalizada ante cualquier emergencia. Se manejan sus sín­ tomas, uno por uno, su sufrimiento emocional y sus necesidades espirituales de persona profundamente creyente.

Tanto la paciente como el médico y su extensa familia perciben que se acerca su final y con amorosos rituales se despiden.
Sin haber sido sometida a ningún tipo de tratamiento curativose retiran los corticoides por fútiles y se prevé un coma por el ede­ma cerebral, que nunca aparece, pues doña Inés muere una maña­na en su cama, en su casa, rodeada de su esposo y sus diez hijos en completa paz y después de haberse despedido personalmente de cada uno de sus seres amados.

Tomados del libro Morir Bien, Isa Fonnegra de Jaramillo, Editora. Editorial Planeta2006

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