A Título Personal

Por María Elvira Samper

De nuevo está sobre el tapete el tema de la eutanasia, más concretamente el del suicidio asistido, por cuenta de Mar adentro, la película del español Alejandro Amenábar, basada en un caso real. Una cinta hecha desde una perspectiva ética secular, filosófica y racional que incluso la ley entiende –nadie es detenido por intento de suicidio-, y que desde el comienzo toma partido por le derecho del protagonista tetrapléjico, Ramón Sampedro, a decidir su muerte.

Se trata de la defensa que hace una persona incapacitada, que depende de otros para realizar hasta sus funciones más íntimas, del derecho a poner fin a su vida porque se le ha hecho intolerable. La enfermedad terminal, el dolor intratable no son las principales razones para no querer vivir. Es algo más fundamental: la pérdida de la independencia, de las capacidades, de la dignidad…

Respeto los argumentos de quienes creen que Dios es el único dueño de la vida, que solo El puede quitarla y que el suicidio es, como dice Juan Pablo II en la encíclica Evangelium Vital, “un rechazo de la soberanía absoluta de Dios sobre la vida y la muerte”. Sin embargo, no me parece que los argumentos de la Iglesia Católica sean universales, ni justificación suficiente para decidir política y públicamente sobre todos aquellos que, con todo y sus creencias o su falta de ellas, aceptan la eutanasia como una opción moral en casos críticos y excepcionales.

En Colombia, la Corte Constitucional, con ponencia del magistrado Carlos Gaviria, despenalizó en 1997 la eutanasia en pacientes terminales que lo soliciten en forma expresa, y hoy existe consenso, aun dentro de la iglesia, en que si la medicina no puede hacer más y la lucha contra la enfermedad es infructuosa e inútil, es legal y ético dejar que la naturaleza siga su curso, haciendo énfasis en el tratamiento paliativo.

¿Qué diferencia hay entre dejar que la vida se extinga como una llama o soplar para que se apague?

Entiendo que un tercero no pueda pedir la muerte de alguien en estado de coma, pero ¿Por qué si una persona, en uso de sus facultades, pide morir porque no resiste más –por incapacidad, dolor, pérdida total de la calidad de vida-, no puede acudir a un médico para que le de el empujoncito final? Si vivir se convierte en sinónimo de sufrimiento, ¿cuál es la diferencia entre dejar que la vida se extinga lentamente como una llama o soplar para que la llama se apague más pronto?

Creo que las personas son autónomas, dueñas y responsables de sus actos, capaces de gestionar no sólo su vida sino aún, llegado el caso, su propia muerte. Que, además, les debería asistir el derecho de que alguien idóneo les ayude a bien morir cuando ya no haya más salidas. Es cierto que la autonomía tiene sus límites en la autonomía de los demás, pero no entiendo por qué si hay acuerdo paciente-familiares-médico, no es posible acelerar la partida.

Sobre el tema hay muchas reservas y múltiples interrogantes. Legalizar el suicidio asistido podría inducir a personas con intereses oscuros a presionar a un familiar enfermo para que pida su muerte; los que sufren depresión clínica severa –que puede ser controlada- querrán morir sin más, y muchos temen por la posibilidad de que médicos inescrupulosos puedan expedir partidas de defunción antes de tiempo.

Todos son argumentos válidos que apuntan a la necesidad de establecer las normas éticas y jurídicas necesarias para evitar abusos; controles estrictos para confirmar el grado de consciencia del paciente – que no esté bajo influencia de otros-; protocolos para verificar el diagnóstico, comisiones éticas hospitalarias. Si está permitido ayudar a bien morir con tratamientos paliativos, ¿por qué no permitirlo  con una inyección piadosa? Cada caso es único. No se trata de hacerlo obligatorio, se trata de ampliar el margen de discusión.

Tomado de la Revista Cambio

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