Apología de la muerte asistida

La Ciudad y El Mundo

Mario Mendoza

Cuando hemos estado a los pies de la cama de una persona amada que agoniza de mala manera, que sufre con los dolores en la espalda, en las piernas y en la cadera por la enfermedad tan prolongada, con los espasmos, los ahogos, la irritación de la piel, el mareo y la debilidad permanente, las ganas de comer y no poder hacerlo, y vemos ese deterioro progresivo que lo va convirtiendo en otro ser, en otra persona distinta de la que conocíamos, nos preguntamos entonces por qué la medicina  no contempla para ciertos casos especiales la posibilidad de una muerte rápida y sin dolores atroces. En casos así, extremos, terminales, donde el paciente no tiene  retorno y donde se sabe que sus últimos días serán un infierno de desesperación y sufrimiento, debería permitirse una muerte asistida.

Muchas veces me he preguntado por qué somos más caritativos y bondadosos con los animales que con las personas. Cuando un caballo tiene una lesión grave y definitiva en una finca, se sacrifica para evitarle una agonía atroz. Cuando un perro esta en una situación desesperada y sabemos que va a morir en medio de dolores y ataques infernales, no lo dejamos sufrir inútilmente, lo llevamos a una veterinaria y le ponemos una inyección en un último gesto de cariño. Creo que a nadie se le ocurriría pensar que amar a su animal significa dejarlo chillando de dolor en un rincón d la casa. No. Sabemos que el verdadero afecto es aquel que no deja sufrir a quienes amamos.

Entonces, si entendemos esto con facilidad en el caso de un potro, un perro, o un gato, ¿por qué cuando se trata de personas empieza a funcionar toda una maquinaria de falso humanismo y moralidad mal entendida? Conozco de memoria los argumentos de médicos y sacerdotes: que la vida la da Dios y sólo El puede suprimirla, que es sagrada, que no se estudia medicina para matar sino para salvar, y afirmaciones por el estilo.

Pero lo que no parecen entender estas personas es que estar botado en una cama durante meses, atravesado por dolores en todo el cuerpo, lleno de llagas, con la piel pegada a los huesos, sin poder comer, sin hablar, sin poder salir a ver la luz del sol, sin disfrutar, sin poder reír, sin poder volver a hacer el amor nunca más, invadiendo la habitación con olores agrios y desagradables, contemplando todos los días las mismas paredes, levantándose a las horas de la madrugada con la respiración entrecortada y la cabeza a punto de estallar, conectada al oxigeno y con agujas metidas todo el tiempo en las venas de los brazos y del cuello, estar así, digo, ya no es vida.

Lo que defienden los médicos y los sacerdotes no es la vida, sino un estado miserable en el que loa mejores dones y las mayores alegrías ya no se pueden disfrutar. Lo que defienden estos aparentes moralistas es el sufrimiento, la pena, la mortificación, el martirio y la tortura.

Por eso entiendo perfectamente que un vitalista como Hemingway, al final de sus días enfermo y aniquilado por tratamientos psiquiátricos inhumanos, haya sacado su escopeta de cazar elefantes y se haya volado la cabeza en Idazo en 1961. Por eso entiendo que un vitalista como el filosofo Pilles Deleuze se haya arrancado los tubos y las jeringas que lo tenían postrado en una cama y se haya lanzado por la ventana de su apartamento en París. Porque un vitalista defiende la vida a toda costa, la Vida con mayúscula, no un estado denigrante y abyecto de una existencia cualquiera.
Si algún día llego a estar en una situación semejante, espero que ésta, mi ciudad, me brinde un rincón donde alguien que de verdad me haya amado con hondura, me permita partir dignamente.

Tomado de EL TIEMPO, Enero 24 de 2004

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