De La Vida y De La Muerte

Lucy Nieto de Samper

Sabemos  todos, con absoluta certeza, que  tarde o temprano nos iremos de este mundo. Sin embargo,  hablar de la propia  partida a nadie le gusta. A todos  nos asusta. La sola  idea de que eso  tendrá que  suceder la rechazamos como un mal pensamiento. Porque es difícil acostumbrarse a pensar en la muerte. Y eso que en Colombia, más que en otros países, tropezamos con la muerte a todas horas, en todas partes. Pues además de las muertes naturales comunes y corrientes,  en este país  mueren  trágicamente, todos los días   muchos colombianos,  víctimas de  una  guerra fratricida que no da trazas de terminar y que  ha  cubierto de sangre  nuestro territorio  a lo largo de los últimos cincuenta años.

El tema de las muertes trágicas  lo explotan permanentemente los medios de comunicación.  Podría decirse  que  es el  “plato”  fuerte en todos los tele noticieros. Y esas malas noticias, adobadas con  terribles imágenes, se repiten tanto que  hemos llegado a  familiarizarnos  con ese macabro espectáculo. Se  advierte entonces  un  extraño contraste: mientras solo pensar en la propia muerte nos da  pavor, ver a diario en televisión, periódicos y revistas el reguero de muertos  que dejan  los  ataques guerrilleros y paramilitares contra ciudadanos inermes, o ver la fila de cadáveres que quedan después de los combates entre Fuerzas Militares y cuerpos armados ilegales, no nos conmueve tanto como debiera conmovernos. Porque  espectáculos tan macabros vistos con tanta frecuencia, ya son parte  de  nuestro  paisaje.

Con  todo y lo angustioso que puede ser pensar en la propia  muerte, ese ejercicio es importante hacerlo para acostumbrarse a  reconocer  que el camino de la  vida  tiene un final. Y ese final  puede ser más humano, menos traumático, más digno para el enfermo y para su familia, si cada persona, en posesión de todas sus facultades, tiene la precaución  de tomar decisiones sobre qué deben  hacer los médicos y los propios familiares en  presencia de una enfermedad incurable. Esto requiere  una preparación personal y   preparar a los  seres queridos para que ellos se encarguen de hacer cumplir la voluntad del  paciente. Pues esas decisiones  tienen que ver con aceptar o rechazar  tratamientos médicos, operaciones, cuidados intensivos y  los demás recursos que utilizan los médicos  para  prolongar la vida de un enfermo.

Frente a una enfermedad incurable, todo enfermo tiene derecho  de impedir que le prolonguen sus sufrimientos; de pedir que no  le mantengan una vida que ya no es vida, que le permitan en cambio  tener una muerte digna, evitando operaciones,  tratamientos y cuidados intensivos  que  sin poder atajar la enfermedad condenan a sufrir más al paciente. En estos casos, cuando el enfermo padece un mal incurable, los médicos que están en la onda de la muerte digna, alivian los sufrimientos con analgésicos y otros medios paliativos. Entre tanto, los parientes  del enfermo deben manejar con serenidad y con paciencia  una situación complicada y dolorosa a la vez; su deber es cumplir y hacer cumplir la  última voluntad del ser querido que pide morir en paz. Y dignamente.

Este entrenamiento se recibe, con mucha naturalidad, a través de la Fundación Pro Derecho a Morir Dignamente, DMD, primera entidad en América Latina que  durante varias décadas ha promovido y  practicado, en forma valiente y desinteresada, el derecho a una  muerte digna. Con el apoyo y los consejos de  científicos, sacerdotes, abogados y  psicólogos, la Fundación DMD se ha dedicado a difundir la filosofía de la muerte digna, que comparte un respetable número de afiliados a DMD. Se realiza una campaña  continua  en centros médicos, hospitales y escuelas de medicina, pues en esos sectores no todos  aceptan   que los pacientes terminales rechacen operaciones y cuidados intensivos de última hora y se niegan a respetar la última voluntad de esos enfermos. Ese rechazo, que puede ser respetable pero es insostenible, lo sustentan  recurriendo al juramento de Hipócrates, según el cual la obligación  de todos los médicos es  prolongar, a toda costa, la vida del enfermo. Pero si esa vida  ya no tiene remedio, uno cree  que  el deber del médico es aminorar los sufrimientos del paciente y velar porque esa vida se extinga de la manera más digna.

Lo  dice en el último boletín de la DMD el neurocirujano Juan Mendoza-Vega, presidente de  esta Fundación: “Esperemos que en el futuro inmediato se logre cada vez más el ambiente adecuado para la dignidad de la persona enferma y, en ella, la dignidad de su muerte cuando ésta se torna inevitable”.

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