Derecho A Una Muerte Digna

Ramiro Andrade Terán

El ser humano es libre de vivir conforme a su voluntad mientras no viole normas básicas de convivencia social. Pero, ¿tiene derecho a disponer su muerte en casos sin remedio que lo condenen a una “vida” enteramente artificial? El tema provoca aguda polémica. Partidarios y enemigos esgrimen argumentos respetables. En Holanda, el asunto se debatió por años y finalmente se aprobó por el Parlamento una ley que permite al médico desconectar los tubos al desahuciado. También en Alemania se estudió una disposición similar. En los Estados Unidos, los medios informativos concedieron amplio espacio al debate desatado por un médico que se hizo célebre por reconocer que había aplicado la eutanasia a quince de sus pacientes.

La discusión involucra aspectos religiosos, morales, éticos y humanitarios. Mucha gente opina que sólo Dios puede disponer de la muerte. Un criterio común a los católicos. Pero no a todos. Los hay que defienden el derecho a una muerte digna y hacen parte de organizaciones que se encargan de velar que se cumpla esta voluntad última, expresada por escrito y con el conocimiento de sus familiares más cercanos y de su médico.

El caso de los “vegetales” —como se les denomina en la jerga médica— es típico. Su corazón funciona pero, de hecho, están muertos. La vida es el gozo, el sabor, la sensación, la palabra, el dolor, la alegría; pensar, juzgar, el movimiento y la comunicación. Todo lo que el enfermo desahuciado —inmóvil en su lecho— no volverá a experimentar. ¿Se justifica prolongar esa penosa situación y el dolor de la familia? ¿Qué pasa por la mente de esa persona condenada al silencio?

Debería existir una regulación estricta que autorice al médico —en esos casos— a practicar la eutanasia, ayudar al paciente a morir con dignidad y evitar el calvario de la familia. Nada se gana con prolongar el sufrimiento. Por supuesto, en asunto tan delicado habría que establecer un control rígido y convertir en transparente algo que hoy se hace en forma clandestina. Es mejor que el lúgubre asunto se ventile a cubrirlo con hipocresía y disimulo. Liberar del dolor a una persona en tales condiciones es, además, un acto de caridad y compasión.

Ni siquiera el amor —que logra casi todo— vence a la muerte. El final de la vida no debe convertirse en un tormento prolongado para el enfermo y para la gente que lo ama, cuando se agotó lo que podía hacerse para salvarlo.

El Congreso —que dedica tantas horas a debates inútiles —debería ocuparse de este asunto. Como ha ocurrido en países europeos y asiáticos que han expedido normas para estos casos. Hay una cierta tendencia a prolongar el hecho inevitable de la muerte cuando se ha hecho todo por evitarla. Olvidando la vieja sentencia —dura pero exacta—: “polvo eres y en polvo te convertirás”.

Tomado de “El País” Cali, Enero 21 de 2004.

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