La muerte de otros

Opinión de Fran Ruiz

El desenlace de la historia de Brittany Maynard ya lo sabemos. Murió el fin de semana pasado, en la cama que compartía con su marido, rodeado de sus seres queridos y escuchando la música que planeó para la ocasión, tal como anunció que haría en un video que de inmediato se hizo viral y causó un fuerte impacto mundial.

La muerte de los otros es algo con lo que vivimos a diario. Cada día somos bombardeados por impactos noticiosos relacionados con la muerte, ya sea leyendo la prensa o una novela, viendo una serie, una película o el noticiero. A veces incluso la rozamos, cuando nos vemos envueltos en un accidente o una situación de peligro; o la sentimos cercana, cuando fallece alguien conocido. Pero, salvo situaciones muy dramáticas —la muerte de un hijo, por ejemplo—, acabamos superando ese sentimiento de congoja y nos consuela saber que seguimos vivos: moriremos, sí, pero no ahora, sino en un futuro por ahora desconocido.

Este no fue el caso de Brittany. En enero, poco después de casarse, supo que no iba a pasar de este año porque un cáncer de cerebro muy agresivo la iba a consumir entre espantosos dolores y convulsiones, hasta finalmente matarla. Brittany no estaba viviendo la muerte de los otros, sino la suya propia. Pero ¿quién está preparado para renunciar a la vida cuando no ha cumplido ni los treinta?

La joven californiana tuvo que atormentarse con esta pregunta sin respuesta; sin embargo, vio una luz al final del túnel de la desesperación y decidió contar al mundo lo que había visto. Esa tenue luz fue la que le proporcionó una organización dedicada a ayudar a morir a enfermos terminales. No sólo eso, Compassion & Choice le enseñó lo obvio, pero que increíblemente sigue siendo un tabú en pleno siglo XXI. Lo obvio es que la muerte forma parte de nosotros mismos y que tenemos derecho —y debemos luchar porque así sea— a llevar tanto una vida digna como una muerte digna.

Brittany amaba la vida, lo reiteró en los dos videos que colgó y en las entrevistas que hizo, pero dejó claro que no estaba dispuesta a luchar por prolongar una vida de agonía y dejar que la enfermedad la carcomiese. Con la decisión de planear su muerte —en el momento que ella quiso, rodeada de quien quiso y de la forma más dulce posible, durmiendo—, Brittany se vengó de su terrible enfermedad y dio el salto a la muerte entrando con toda la dignidad posible.

Sin embargo, para hacer esto tuvo que mudarse de residencia en California e instalarse en Oregón, donde la eutanasia es legal, al igual que en Montana, Nuevo México, Vermont y Washington. Sólo cinco de los 50 estados de EU permiten un derecho que es visto como un crimen en casi todo el mundo.

Los que están en contra de la eutanasia recurren básicamente a dos argumentos: uno ético, basado en el juramento de Hipócrates que hacen quienes ejercen la medicina y que, entre otras cosas, dice esto: “Jamás daré a nadie medicamento mortal, por mucho que me soliciten, ni tomaré iniciativa alguna de este tipo, ni administraré abortivo a mujer alguna”; y el religioso, que surge del dogma bíblico de que si sólo Dios es el que da la vida, sólo Él la quita.

El primero argumento ya lo vimos. Se basa en la idea equivocada de que la muerte no es parte de la vida y, por tanto, la obligación de los médicos es mantener a toda costa vivos a los enfermos, aunque sólo sea para alargar durante más tiempo su agonía.

En cuanto al argumento religioso, ¿qué calidad moral tienen quienes consideran pecado el suicidio o la muerte asistida, pero acumulan a sus espaldas siglos de asesinatos en nombre de Dios? ¿Qué opinará Francisco de las palabras de Benedicto XVI, cuando durante su papado dijo, sin que le temblara la voz, que podía ser “legítimo” ir a la guerra o aplicar la pena de muerte, pero el aborto y la eutanasia “nunca”?

Si el nuevo Papa considera que la Iglesia debe tener compasión con divorciados, madres solteras y homosexuales, ¿por qué no tenerlo con los enfermos que piden dejar de sufrir? No todos hemos nacido para sufrir hasta el último segundo, como Jesús en la cruz. Brittany tampoco, pero ella sí pudo morir con dignidad porque un parlamento estatal entendió que tenía que legislar con compasión, la última palabra noble que nos queda, la que nos hace más humanos. No podemos seguir encadenados a leyes basadas en dogmas religiosos o ideologías conservadoras de siglos atrás. Tan legítimo debería ser prepararse para morir como anunció en video otro joven con cáncer terminal, en el que relata cómo abandonó su ateísmo y encontró a Dios al final del túnel, como debería serlo, para los que así lo quieran, el final planificado que eligió Brittany.

Si sólo nos queda por delante la muerte, que al menos no nos arrebaten la libertad de decidir cómo queremos dar ese último paso.

fran@cronica.com.mx

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