Una muerte dulce

Autor: Gina Montaner el Mar, 18/02/2014

Viajé al norte de la Florida para cubrir la ejecución de Juan Carlos Chávez, el violador y asesino del niño Jimmy Ryce. Mi colega Ana Cuervo fue una de los reporteros que presenció la ejecución por inyección letal y antes del día señalado tuvimos oportunidad de hablar sobre un hecho, contemplar la muerte de una persona más allá de la maldad inherente del condenado, que podría resultar perturbador.

No obstante, cuando Ana regresó de la prisión estatal nos explicó que, a pesar de tratarse de algo muy sombrío, lo que vio fue una muerte casi instantánea e indolora. Por medio de un cóctel de fármacos inyectados a la vena, una vez inconsciente el reo falleció en cuestión de minutos y, añadió Ana, sólo sus piernas experimentaron una ligera agitación antes de que se le cortara la respiración para siempre. Había sido, según todos los indicios, una muerte breve y dulce.

Sus observaciones, secundadas por otros periodistas enviados a la localidad de Starke, me llevaron al dilema de la legalización de la eutanasia. La Constitución de Estados Unidos ampara el derecho de todos a morir de una manera digna. De ahí el uso extendido de la inyección letal en muchos de los países donde hay pena de muerte. De ese modo Chávez, quien sin duda cometió un crimen atroz contra una víctima inocente, se había librado de una ejecución inhumana. Algo que se le niega, sin embargo, a aquellas personas que, padeciendo una enfermedad incurable o una condición que les produce un insoportable sufrimiento físico o sicológico, desearían acabar con sus días por medio de la eutanasia o el suicidio asistido.

Si algún día me viera aquejada de un mal terrible como el Alzheimer o una enfermedad mortal, querría tener la posibilidad de recurrir a un procedimiento como el que el Estado le ofrece a los condenados a muerte con el dinero de los contribuyentes. Sería cuestión de acudir a un dispensario donde un personal entrenado proveyera la indolora y dulce despedida. Un procedimiento sin mayores dramatismos que el que encierra llegar a la meditada conclusión (debido a circunstancias extremas) de que es mejor interrumpir la vida que prolongarla.

Sin embargo, la eutanasia es un derecho que se deniega en la mayor parte del mundo. Son contados los países que la han legalizado: Holanda, Luxemburgo, Suiza y Bélgica. Precisamente el parlamento belga acaba de ampliar la ley, permitiendo que los menores de edad accedan a ella siempre y cuando sus casos reflejen situaciones límite.

Estadísticamente es muy bajo el número de individuos que pide la eutanasia o el suicidio asistido. La mayoría de las personas elige aferrarse a la vida hasta al final, incluso en las peores de las circunstancias. Pero los pocos que creen en su derecho a morir cuando se enfrentan a situaciones médicas o psíquicas extremas, deben pensar en la alternativa del suicidio solitario y vergonzante, como si su deseo y convencimiento representaran un oprobio contra otros.

El caso del parapléjico español Ramón Sampedro tuvo mucha repercusión hace unos años cuando, después de estar postrado en una cama tres décadas, pidió infructuosamente a la Cortes españolas y a la Comisión Europea de Derechos Humanos que le permitieran someterse a la eutanasia porque no quería prolongar el sufrimiento de una existencia cautiva. Antes de lograr su objetivo gracias a la ayuda anónima de alguien que le facilitó el suicidio asistido, Sampedro llegó a decir: “vivir es un derecho, pero no una obligación”.

Salvo unas pocas sociedades que le dan cabida legal a la interrupción de la vida cuando la persona esgrime razones de peso para ello, lo habitual es la noción de la existencia como una imposición, aunque uno sea víctima de una demencia incipiente, un tumor inoperable o una depresión endógena y crónica que convierte cada amanecer en un infierno. Hay hombres y mujeres que sencillamente no desean dilatar su particular agonía o infierno.

Un reputado amigo médico que ha llegado a los noventa años lleno de vitalidad matiza que no se trata de durar, sino de vivir. Cuando ya no puede ser, la muerte dulce es una manera de decir adiós a tiempo y sin hacer ruido.

@ginamontaner
Fuente: www.firmaspress.com

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