Vidas Dignas

Santiago Gamboa

La idea proviene de Mar Adentro, esa película densa y extraordinaria de Alejandro Amenábar , y el enunciado es sumamente sencillo: la vida para ser vivida con dignidad, requiere d unos elementos mínimos por debajo de los cuales es difícil sobrellevarla, y es justo ahí cuando surge la pulsión o el deseo de salir de ella. Cada cual sabrá si en algún momento se ha visto en una encrucijada de este tipo, pero lo seguro es que los niveles de tolerancia frente a lo que es insoportable no son iguales para todos y, por supuesto, varían según la historia individual, el afecto o la indiferencia con que cada uno fue educado, los medios con los que se formó, ciertas cualidades físicas o mentales, el nivel de educación y, mirando hacia los más precario el puro y elemental nivel de alimentación.

Quien salió en la vida con cartas malas puede cambiarlas con el tiempo, pero a veces éstas son tan adversas que la tentación más fuerte es cambiar la mesa de juego, y no es otro el caso de Ramón Sampedro, el desafortunado marino gallego que se tuerce el cuello en el mar y queda paralizado. La eutanasia, en su caso, es un derecho fundamental, pues la ley no puede obligar a alguien a vivir en contra de su más fiera voluntad y, sobre todo, en condiciones que él juzga insoportables, cercanas a la tortura, a la indignidad.

Pero las características del caso de Ramón Sampedro lo hacen ser único, pues tal vez otras personas sí podrían haberlo soportado. Se me ocurren dos ejemplos: quienes tengan esa limitación desde el nacimiento, si es que esto es médicamente posible, o quienes tengan una profunda devoción religiosa, como sugiere el propio filme. Amenábar, con su extraordinaria fábula, nos hace pensar en la otra vida, la que está por fuera de las salas de cine. Las vidas que vemos a nuestro alrededor y que juzgamos insoportables e indignas, y que sin embargo, son vividas con temple, llevadas a término por personas que no tienen otra cosa a cambio, ni siquiera el sueño de otra vida. Y uno se pregunta cómo hacen, de donde sacan la fuerza para seguir. Hace unos meses Antonio Caballero citó en su columna un verso muy bello del poeta Milosz: “Todo aquello era insoportable / pero fue soportado”, refiriéndose al sufrimiento judío en la época del Nazismo. ¿Existe un límite para lo que es soportable, o mejor, un umbral tras el cual cualquier persona, cualquiera sea su historia, dirá NO a la vida? Sería muy difícil establecerlo, pero estoy seguro de que todos tenemos ese límite, que al interior de nuestras consciencias o nuestras vidas hay una frontera, un punto de no retorno a partir del cual lanzarse al vacío o cortarse las venas sería una liberación.

Durante un viaje a la India, Cortázar escribió escandalizado que había visto a un niño de la calle hundir la mano en el vómito de un perro buscando algo sólido para comer. En Colombia hay personas que viven como ratas, debajo de los puentes o en las alcantarillas, desplazados que son vistos como animales, hacinados en carpas insolubles niños y niñas que se drogan y que han sido violados y maltratados, y todos ellos se aferran a la vida y la defienden, buscan alimento en las basuras y prolongan esas existencias áridas, porque incluso en esos niveles tan precarios encuentran momentos de placer y cada tanto son felices. El suicidio, y esto lo saben los psicólogos, no es frecuente en los estratos más miserables. La vida puede parecerle peor a una mujer rica, deseada y alcohólica como Marilyn, y por eso se suprime, y su gesto es tan respetable como el de Ramón Sampedro, pues al fin y al cabo nadie firmó aceptando las condiciones antes de nacer, y lo menos que podemos exigirle a este escuálido mundo es una vida digna, que sea lo que cada cual entiende por esa inquietante palabra.

Tomado de la revista Cambio.

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