Morir con Dignidad

La situación no podía ser más tensa, nuestro aliento nervioso evidenciaba la tremenda ansiedad que nos embargaba y una pregunta martillaba hiriente cuando nos dirigíamos a casa, después de recibir el contundente diagnóstico del oncólogo tratante de mi esposa, quien tan sólo unos minutos antes literalmente le dijo: “Tu cáncer no ha respondido al tratamiento, ya nada detendrá la expansión tumoral, hemos hecho todo lo que está al alcance, nada puede hacer nuestra experticia médica y científica ahora por ti; más como amigo que como tu médico te aconsejo que pongas todas tus cosas en orden…”

-¿Y ahora, qué hacemos?-
Sobra decir que ella se sostuvo decidida, valiente e inquebrantable durante los larguísimos e interminables doce años que luchó contra esta terrible enfermedad.

Ahora se enfrentaba a la ineludible realidad que indicaba que nada ni nadie podía hacer algo.

A pesar de la absoluta seguridad por la decisión tomada varios años atrás, que indicaba su total convencimiento sobre una muerte digna para evitar sufrimientos incurables e intolerables; para ella y para quienes le rodeábamos. Siempre existía la inquietud de cómo deberíamos afrontar este proceso.
Su mente divagaba entre los posibles caminos a seguir, su mirada de angustia buscaba la mía con la esperanza de obtener las respuestas que por desgracia no podía darle.

La inquietud que se abatía sobre ella como una pesada loza, gravitaba en la incertidumbre de saber que actitud asumiría su familia al enterarse de su decisión, en especial su madre y su hermana quienes siempre habían sido fervientes devotas de la religión que profesaban.

Después de muchas horas de meditarlo concienzudamente, resolvimos que lo mejor era acordar una reunión familiar para comunicar la decisión tomada y a pesar de los posibles reparos, no pedir aprobación, pero si al menos tolerancia y respeto.

Tristemente el tiempo evidenciaría que hasta para morir con dignidad y siguiendo profundos principios de vida y con total convencimiento, no basta la decisión personal.

En nuestra sociedad supuestamente orientada al logro de la libertad y el libre albedrío como objetivos ponderables, también los atavismos de toda índole abundan y dan al traste con las buenas intenciones.

Aparecen por doquier reparos religiosos, morales y hasta éticos que indican que la eutanasia no debería ser opción para nadie, pero ¿por qué?

¿Por qué los seres humanos no podemos tener el derecho a dejar de vivir, si la vida y las circunstancias nos arrinconan entre el dolor insoportable y la imposibilidad de sanación?

¿A morir antes de que nuestros cuerpos clamando el descanso eterno nos castiguen con dolor inmisericorde?

¿A morir antes de que el avance inapelable de la enfermedad y la inevitable postración nos conviertan en despojos sufrientes?

Si alguien lucha denodadamente por sobrevivir a una penosa enfermedad, está muy bien y es digno de admiración, los testigos cercanos o lejanos de estas batallas se congratulan y denominan a estas valerosas personas “ejemplos de vida”, con justificada razón; pero también lo son aquellos que ante lo inevitable optan por morir con dignidad. Requiere tanta o mayor valentía.

Entonces lo que se suponía sería un tranquilo y respetuoso camino hacia la transición definitiva, se convirtió para mi esposa en un tortuoso y desgastante proceso para complacer a todos en su familia, quienes presos del temor y la desesperanza se debatían entre las evidencias físicas y sus creencias atávicas.
Angustiados ante la impotencia optaron por el camino cómodo y políticamente correcto; poner todo en manos del creador, entrar en total estado de negación e implorar por una cura milagrosa.

Desprenderse de un ser amado no es nada fácil y menos cuando se anteponen sentimientos que pueden llegar a ser egoístas, a la larga el dolor por la pérdida pesa más que la aceptación.

Desafortunadamente sólo hasta que las evidencias son extremas, entonces en ese momento es que todos, absolutamente todos, cambian su forma de ver al enfermo y claman por su alivio, es decir, diciéndolo sin ambages, claman por su muerte.

Qué ironía.

Sólo cuando la indignidad de la sobrevivencia es tan patente, sólo hasta ese momento, es que se admite la partida y se ruega por el descanso.

¿No es más sensato despojarse de atavismos que por fundamentados que sean, no dejan de ser obstáculos irracionales ante la contundencia de lo irrevocable?
Es más sensato pero no por eso más sencillo.

¿Pero y qué sucede con quien discrepa?
Su postura tampoco es fácil.

En una situación de inminente agonía nada es fácil, ni para el enfermo ni para quienes le rodean.

Cuando la negación de los familiares es el resultado de profundas convicciones, sólo con el tiempo requerido para la evaluación detallada de las causas y consecuencias y luego de pormenorizadas reflexiones, podrá tener lugar la aceptación o, al menos, el acatamiento a la decisión tomada.
El gran problema radica en la decadencia progresiva y el inminente agravamiento de la persona afectada. Es entonces que la realidad golpea y con tal contundencia que las salidas parecen inalcanzables.

Si tan solo pudiésemos dejar el temor a la muerte a un lado y enfrentar con naturalidad y objetivamente su indefectible devenir, indistintamente de credos o reparos de cualquier índole; lograríamos avances enormes en beneficio de todos.

Es menester entonces, en tiempos de salud y tranquilidad, entablar diálogos francos y directos sobre las posibles decisiones futuras y no esperar a que la premura de la situación nos obligue a reacciones precipitadas o indebidas.

Desafortunadamente no fue este el caso.

A pesar de abordar con su familia el tema desde el punto de vista religioso, apoyados en profesionales con la preparación y sapiencia necesaria, no conseguimos la respuesta apropiada y las consecuencias no se hicieron esperar.

Al final y después de soportar incluso más sufrimiento de lo anticipado, mi esposa no tuvo salida distinta a la de aislar a aquellos que tercamente persistían en sus reparos y contar únicamente con quienes en medio del profundo dolor que significaba, pero despojados de prejuicios, la acompañamos de la mano al apacible desenlace de su incurable y fatal enfermedad.

En una ceremonia llena de sentimientos encontrados pero con la tranquilidad de espíritu que conlleva el accionar ecuánime, la despedimos entre besos, sonrisas y lágrimas.

Su probidad, entereza, sabiduría, valentía y serenidad sirvieron de bálsamo ante el terrible suplicio que significa su ausencia.

Es por esto y por las situaciones similares que viven quienes tienen convencimiento sobre la dignidad de una muerte programada, cuando no queda alternativa y el dolor se vuelve inaguantable, que todos deberíamos recapacitar al respecto.

¿La eutanasia derecho universal?
Por supuesto.

Es perentorio tratar abiertamente todo lo referente a la muerte, desmitificarla y asumir posturas racionales y reflexivas ante su inminencia.

Al fin de cuentas, fallecer, es el denominador común que a todos nos iguala.

Lo que suceda después de esta transición, cada quien lo imaginará o lo visualizará según sus creencias o discernimientos. A la hora de la verdad no es lo fundamental.

El derecho a morir con dignidad va más allá de la religión o la política o cualquier otra consideración.

Todos, llegado el momento, enfrentaremos estas vicisitudes y de nuestras libres decisiones, mejor tempranas que tardías, dependerá la forma en que dejaremos esta vida.

Morir con Dignidad