Difunto: el que ha cumplido

Adrián Restrepo Parra

Instituto de Estudios Políticos

Universidad de Antioquia

 

Asistí, en el marco del Hay Festival, a la conversación entre Arnoldo Kraus y Tiberio Álvarez sobre “Calidad de muerte”. El médico Kraus, de origen alemán y criado en México, fuera de ejercer su profesión y pertenecer al Colegio de Bioética, ha sido el autor de diversos libros sobre el tema del conversatorio. El médico Tiberio Álvarez, por su parte, es profesor de la Universidad de Antioquia y un activo promotor de los cuidados paliativos y la autonomía del paciente hasta la fase final de la vida.

De la amena y prolifera conversación entre estas destacadas figuras quiero resaltar un aspecto que me llamó la atención: el doctor Kraus, refiriéndose a la experiencia de muerte de su madre que dio origen a uno de sus libros (Recordar a los difuntos), hizo una anotación sobre la noción “difunto”. Marcó la diferencia entre la definición formal de difunto (cadáver, persona muerta) que comúnmente es aceptada y la etimología de la palabra que viene del latín defunctus: llevar a cabo, terminar.

El difunto, en el sentido latín del término, sería aquella persona que llevó acabo su vida, cumplió. Para ser difunto, en esta acepción, la persona debe incluir o hacer parte de su vida a la muerte. Hacerse consciente de la finitud, la mortalidad, nos obliga a pensar y vivir con la certeza del final. Siendo así, vivir demanda contemplar qué vida se quiere vivir incluyendo, por supuesto, la fase última de la misma.

Ateniéndonos a esta diferencia sustancial, podemos considerar que posiblemente las personas que más temen a la muerte son aquellas que han vivido como inmortales, creen que el tiempo de vida individual es infinito y que la muerte es siempre para otros. Y a partir de ese sofisma viven sin mayor reflexión sobre la propia existencia. Sólo se preguntan sobre el sentido de sus vidas cuando les comunican que son pacientes terminales.

En esa condición, los dolores del paciente suelen ser más emocionales o psicológicos que físicos. Ante el eminente final, la persona cae presa del pánico y las auto recriminaciones no se hacen esperar: por qué no hice tal cosa…por qué hice tal otra que no quería…etc. Justo cuando el tiempo se ha agotado el paciente terminal quiere hacer lo que no hizo durante toda su vida: vivir de una forma particular, vivir su propia vida. Desean más tiempo para hacer lo que realmente querían, pero éste se acabó.

En nuestra sociedad hemos aceptado la consigna “el tiempo es oro”, con lo cual las personas evitan perder tiempo porque estarían desperdiciando oportunidades para ganar dinero. En la carrera contra el tiempo para enriquecerse se olvida que el tiempo humano es ante todo vida. No perdemos tiempo cuando consideramos que estamos haciendo algo que nos desagrada o que simplemente no renta, realmente lo que estamos perdiendo es vida. Ese tiempo es irrecuperable ante el hecho cierto de la muerte.

La vida se “pierde” cuando la persona no se interroga por el sentido que quiere darle a su propia existencia. La cercanía de la muerte hace inevitable juzgarse, y en ese juicio interno no son pocos los que concluyen que desperdiciaron su existencia, no cumplieron consigo mismos. Estas personas no pueden ser difuntos en el sentido latín del término porque no cumplieron, no realizaron sus propias vidas.

La invitación de Arnoldo Kraus para ser difunto y la de Tiberio Álvarez de asumir la autonomía hasta el momento final de la vida hacen parte de la calidad de muerte o la muerte digna. Considero que la generosa invitación de estos dos apreciados médicos tendrá buen recibo al juzgar por el público asistente al conversatorio: mayoritariamente jóvenes. Esperemos que esta generación siga avanzando en el camino de incorporar a la muerte en la vida y puedan así cumplir con sus respectivas vidas.

Difunto: el que ha cumplido