Roberto: un caso de eutanasia legal en Colombia

Roberto  solicitó a su familia difundir su testimonio entre los pacientes de ELA y a los afiliados a la Fundación DMD.

A finales de 2013 fue diagnosticado con enfermedad de neurona motora: esclerosis lateral amiotrófica, ELA. “Su madre había muerto de la misma enfermedad, así que sabía exactamente lo que le iba a pasar”, dijo Nancy, su esposa. Cuando salieron del consultorio del neurólogo tras el diagnóstico, Roberto planteó la idea de que tal vez no quisiera soportar todo el ciclo de la enfermedad. Al enfrentarse a este diagnóstico, Nancy dijo que su marido estaba triste y apesadumbrado por el hecho de que nadie le hablaba sobre sus preocupaciones sobre el fin de su vida. “Ningún médico le hablaba de lo que más le preocupaba, cómo tener una muerte más fácil de lo que la enfermedad  iba a causar”. “Los médicos están demasiado aterrorizados por temor a tener una demanda por practicar una eutanasia, así que no quieren hablarme del tema”. Por lo tanto, consciente del tiempo limitado que tenía antes de que su cuerpo le fallara, el señor Córdoba comenzó a investigar cómo podía terminar su vida cuando llegara el momento. “Pasó los primeros tres meses después de su diagnóstico pensando en ésto, todos los días se sentaba en su computador a investigar”, dijo Nancy. “Pero ése fue un tiempo que debería haber pasado divirtiéndose, mientras  todavía pudiera hacerlo”. A medida que perdió fuerza muscular y su autonomía, comenzó a considerar cualquier forma que pudiera terminar con éxito su vida. “Sugirió que lo lleváramos al mar y lo abandonáramos, o lo lleváramos al desierto y lo dejaríamos allí, porque éstas eran las únicas opciones que estaban a su disposición”.

Finalmente, fuimos a la Fundación DMD donde él recibió toda la información sobre la eutanasia en Colombia. Él entendió que en Colombia está despenalizada la eutanasia, siempre que la enfermedad esté considerada como terminal y él haga la solicitud en pleno uso de sus facultades mentales, ante su médico tratante; él recibió la información con admiración; saber que tendría el control de su vida hasta el final, era la mejor noticia que podía recibir. Esto  permitió que mi esposo tuviera el control de su propia vida. Firmó los documentos “Esta es mi voluntad I y II” para que si perdía sus facultades mentales, nosotros pudiéramos solicitarle al médico que cumpliera su voluntad.

Decidió que como tenía el control, quería seguir viviendo, con las limitaciones de la enfermedad, hasta que él lo decidiera.

Comenzó a hablar con su médico tratante sobre la eutanasia, el doctor lo escuchaba y a su vez se documentaba sobre el tema, que él desconocía hasta que Roberto se lo planteó, con la documentación legal recibida en DMD.

Consultó con las directivas de la IPS a través de la cual atendía a Roberto, si habían conformado el Comité de Muerte Digna, siguiendo los requerimientos del Ministerio de Salud, pero lo habían hecho como un simple protocolo legal, sin pensar que tendrían que implementarlo. No habían recibido solicitudes de eutanasia.

A final del 2016 la enfermedad había progresado mucho, por pura terquedad seguía asistiendo a la oficina dos horas diarias, pero era una tarea titánica, los enfermeros que lo atendían, con gran vocación de servicio, lo acompañaban a todas partes, lo atendían en su autocuidado, le traducían a los demás lo que él hablaba, pues a fuerza de estar con él le entendían, le daban las sopas y papillas, no quiso aceptar la opción de alimentación por sonda directamente al estómago, el almuerzo demoraba hora y media y así cada labor básica requería mucho tiempo y paciencia.

Habló con su médico tratante y le dijo que la hora había llegado.

El doctor llevó la solicitud de eutanasia de mi esposo, bien documentada al Comité de Muerte Digna,  que si bien habían conformado para llenar el requisito legal, había sido sólo de papel; ningún médico quería ser el primero en autorizar un procedimiento de eutanasia, ningún psiquiatra quería hacer la verificación de la capacidad mental; pero ante la insistencia de él y al sugerirles que si no atendían su solicitud tendrían que iniciar un proceso legal o acudir a los medios de comunicación, comenzaron a tomar en serio su solicitud, conformaron el Comité y éste verificó la solicitud llevada por el neurólogo tratante. Nos citaron a una reunión a toda la familia, para decirnos que habían aprobado la solicitud de eutanasia, Roberto agradeció al Comité su trabajo y les hizo una última solicitud: quería que el procedimiento se llevara a cabo en un hospital,  no quería que se realizara en casa, quería ser recordado allí vivo, no muerto.

Consultaron privadamente con los médicos del hospital quién estaría dispuesto a practicar la eutanasia, encontraron que los anestesiólogos en general no tenían reparos para realizarla.

Nos llamaron para indicarnos que todo estaba listo, podríamos hospitalizarlo mañana, podíamos acompañarlo todo el tiempo.

Roberto estaba tranquilo, casi feliz, por fin su sufrimiento terminaría, dignamente. Se despertó animado, solicitó ser afeitado y arreglado muy minuciosamente, nos dirigimos al hospital, teníamos una sensación nueva, sabíamos que se iba a cumplir su voluntad, que dejaría de sufrir, que nuestra vida también cambiaría, que no tendríamos que estar todo el tiempo en función de él y de sus limitaciones y complicaciones, pero también sabíamos que no regresaría a casa.

Una vez hospitalizado cómodamente en una amplia habitación, vino una enfermera a colocarle suero, a través de éste el médico le pondría los medicamentos, en dosis suficientes para tener una muerte dulce y rápida.

Nos despedimos de él, recibimos su último beso, su última mirada. Sus fieles enfermeros solicitaron estar presentes, él médico aceptó; nos retiramos a las salas de espera, muy unidos y tranquilos. Veinte minutos después el médico vino a la sala y nos avisó que Roberto ya había descansado.

Roberto: un caso de eutanasia legal en Colombia
Tagged on: