El caricaturista recordó el duro momento que vivió cuando su papá quiso practicarse la eutanasia y tuvo que enfrentar al entonces procurador. “Mi papá fue un perseguido. Ordóñez colocó todo el poder del Estado para que no pudiera morir con dignidad”.

La lucha del papá de Matador es quizás uno de los momentos más emblemáticos en el camino por la libertades individuales de los colombianos. Don Ovidio González sufría un cáncer terminal que lo tenía sumido en los más penosos dolores. En uso de su plena voluntad decidió que quería tener una muerte digna para no desvanecerse a cuentagotas en medio de sus padecimientos. Sin embargo, ese camino por darle fin a su existencia se convirtió en un tormento legal cuando el procurador Alejandro Ordóñez decidió interponerse e impedirle ejercer ese derecho. 

El momento que conmovió hace años al país fue recordado este martes por su hijo, el caricaturista Matador en el programa El Debate, el nuevo espacio de opinión de Semana TV. El tema de la mañana giraba en torno de si la justicia se había excedido al obligar al presidente Duque a retirar el trino en el que le encomendaba el país a la Virgen María. Matador contó la historia de su papá para mostrar los peligros de llevar a extremos la fe en el ejercicio de los poderes del Estado. 

Vea las declaraciones de Matador 

“Mi papá fue un perseguido. Ordóñez colocó todo el poder del Estado para que no pudiera morir con dignidad”, dijo Matador. Para él, una persona que como Ordóñez llega a un alto cargo del poder para ejercer su fe es un peligro. “¿Por qué en el Congreso en el tema de los derechos fundamentales nunca pasa nada? Porque legislan con la Biblia en la mano”. 

La historia de la eutanasia del papá de Matador fue ampliamente conocida en su momento. De manera muy paradójica, después de que la Corte Constitucional había reconocido ese derecho en 1997, en una ponencia del magistrado Carlos Gaviria, solo hasta 2015 don Ovidio fue el primer colombiano que se sometió al primer procedimiento de eutanasia autorizado en el país por la vía de una EPS.

Su familia había dado una dura batalla para que terminara el doloroso padecimiento de González, que sufría de un cáncer reincidente y ya intratable en el rostro.
Después de una dura batalla, una junta médica encabezada por el Comité pro Muerte Digna de la Clínica de Oncólogos de Pereira autorizó finalmente el procedimiento, el mismo que se había detenido una semana antes -15 minutos antes de aplicarse-, bajo el argumento de que el mal “no había hecho metástasis”, según contó el caricaturista en su momento, estupefacto. La EPS manifestó que la negativa se dio porque albergaban dudas acerca de la resolución que normatiza el derecho a morir dignamente. Así, Ovidio González se convirtió no solo en el primero en ganar legalmente esa batalla sino en el único colombiano al que la muerte le llegó con ocho días de retraso. 

A pesar de que la Corte Constitucional despenalizó la muerte asistida en 1997 y que el Ministerio de Salud reglamentó el procedimiento en 2015 (casi 20 años después de ese fallo), el caso de don Ovidio demostró las enormes complejidades que entraña uno de los derechos más complejos reconocidos por la humanidad: el derecho a morir.

Colombia se conmovió con su historia. Según contó Matador, don Ovidio era un roble. Uno de sus mejores amigos, Gustavo Colorado lo describió en un blog como “un zapatero ateo, anarquista, bohemio, amante del tango y los boleros”. Un tumor le quitó ese ímpetu. Perdió un pedazo de su rostro, de la herida se desprendía un olor nauseabundo, pasó de 85 a 48 kilos. Era tal su agonía que decidió que su mejor remedio era no vivir más. “Mi papá es un amante de la vida, pero lo que él tiene ya no se puede llamar así”, dijo el caricaturista entonces.

El caso de Ovidio González dejó en evidencia que las enormes complejidades de la eutanasia no solo son morales, sino también legales. La revista The Economist, resumió su  la situación. “En Colombia la Corte Constitucional despenalizó la muerte asistida desde 1997, pero como no dio una guía sobre lo que podía ser aceptado, muy pocos doctores estarían dispuestos a hacerla”.

Como bien señaló el semanario británico, la sentencia del homicidio por piedad es considerada un hito en la Corte Constitucional y fue una de las decisiones que mereció que ese alto tribunal fuera admirado en el mundo. Su ponente, el fallecido Carlos Gaviria, escribió que “el derecho a la vida no puede reducirse a la mera subsistencia… Nada tan cruel como obligar a una persona a sobrevivir en medio de padecimientos oprobiosos, en nombre de creencias ajenas”. La corte estimó que los colombianos tenían el derecho de “decidir hasta cuándo la vida es deseable y compatible con la dignidad humana”.

Sin embargo, la eutanasia terminó enredada en todo tipo de vericuetos legales. La sentencia de 1997 ordenó al Congreso reglamentar el asunto, y como este no lo hizo, no se pudo aplicar a cabalidad. La corte instó al gobierno a expedir un decreto que terminó obligando a los hospitales a tener un comité de tres profesionales para revisar las solicitudes, asegurarse de que el paciente recibiera los cuidados paliativos necesarios y resolver su petición en un plazo máximo de diez días. La norma estableció que podía aplicar a ese procedimiento “todo aquel que es portador de una enfermedad o condición patológica grave, que haya sido diagnosticada en forma precisa por un médico experto, que demuestre un carácter progresivo e irreversible, con pronóstico fatal próximo o en plazo relativamente breve, que no sea susceptible de un tratamiento curativo y de eficacia comprobada, que permita modificar el pronóstico de muerte próxima; o cuando los recursos terapéuticos utilizados con fines curativos han dejado de ser eficaces”.

Al expedir esa resolución, el ministro Alejandro Gaviria se convirtió durante el Gobierno Santos en uno de los abanderados de esta causa. “No, yo no pienso en muertes bonitas, pero sí en la eutanasia que es ‘buena muerte’. Lo malo de la vida es que tal vez lo peor viene al final. No existen muertes perfectas, pero yo creo que podemos morir mejor. Todos vamos a seguir viviendo después de morirnos, en los pensamientos, en los recuerdos de quien nos quiere, en nuestras familias. No puede ser que la imagen de sufrimiento de las dos últimas semanas vaya a empañar los recuerdos de una buena vida”, 

El caso de Ovidio González no fue excepcional. Colombia es un país modelo en ganar ferozmente en las cortes la lucha por las libertades, pero luego perderlas en leguleyadas. Algo similar ha pasado en el camino de la despenalización del aborto, la comunidad LGBTI y otros temas. Como le escribió a Matador uno de sus seguidores en Twitter: “En Colombia legislamos como Suecia, pero ejecutamos como el Congo”.

El problema está en que la indefinición legal en los detalles produce miedo. Así se lo reconoció ese año a la BBC el médico Juan Carlos Arbeláez, quien estaba en la junta que analizó el caso de don Ovidio. Según él, muchos especialistas que avalan la muerte digna temen terminar acusados por homicidio. “Estamos tratando de blindarnos al máximo”, agregó. Lo mismo señaló el oncólogo Juan Paulo Cardona, quien en un principio le negó al papá de Matador la eutanasia. El galeno aclaró que no estaba en desacuerdo con esta práctica, sino que quería cumplir con todos los requisitos de la ley. “No quiero que me juzguen como un médico sin corazón”, dijo conmovido.

Como aseguró Matador cuando todo sucedió, es una ironía que “en un país donde a uno lo matan por un celular, por ser hincha de un equipo de futbol o por un falso positivo, uno pida una muerte digna y se la nieguen”. Pero como en todos los debates que tocan las fibras más profundas de la condición humana, es imposible encontrar verdades absolutas. Hay quienes dicen que la muerte es la instancia más democrática que existe porque a todos les toca. Pero aun así, nadie se acostumbra a que llegue y por eso los debates que giran alrededor de esta son tan complejos. “La eutanasia no es aplicar penicilina. Es un procedimiento novedoso que consiste en terminar la vida de una persona. La sociedad no está acostumbrada a verla ni a hacerla y todos tenemos que aprender a entender ese concepto”, explicó a Semana en 2015. Juan Mendoza Vega, presidente para entonces de la Academia Nacional de Medicina.

Muchos de los que están en contra, según señalaba The Economist, tienen un argumento “absolutamente moral. Terminar deliberadamente la vida de un ser humano está mal, porque la vida es sagrada y la resistencia al sufrimiento le confiere su propia dignidad”. Agrega que para otros, más allá de los aspectos religiosos, la eutanasia es peligrosa pues puede abrir una puerta para que los sistemas de salud se rindan ante los altísimos costos de las enfermedades complejas.

Quienes creen que la posibilidad de elegir morir debe ser tan respetable como la de continuar viviendo, entienden que la libertad y la autonomía de los seres humanos son la principal fuente de la dignidad. La eutanasia simboliza el máximo respeto que puede tener el Estado por las decisiones de los individuos. Además, para muchos la prolongación de la vida a toda costa por métodos artificiales es una visión equivocada de los fines de la medicina. Los profesionales de la salud le llaman a esto “encarnizamiento” que no es más que mantener vivo a un ser humano, incluso cuando el sufrimiento no le permite realmente estar viviendo.

Hay muchos ejemplos del sinsentido de obligar a alguien a padecer lo insoportable. Brittany Maynard, la joven estadounidense que anunció su muerte pues padecía de un cáncer cerebral, le dijo a su pareja “hubiera podido vivir dos meses más pero eso no sería vivir, sería sufrir”. Lo mismo expresó el físico Stephen Hawking, quien reconoció que no descartaba el suicidio asistido cuando se convirtiera en una carga para su familia pues “mantener con vida a alguien en contra de su voluntad simplemente es una indignidad”. Como dijo la corte en su sentencia hace más de 20 años “quien vive como obligatoria una conducta, en función de sus creencias religiosas o morales, no puede pretender que ella se haga coercitivamente exigible a todos; solo que a él se le permita vivir su vida moral plena y actuar en función de ella sin interferencias”

Según The Economist, los países del mundo en el que esta práctica se ha realizado desde hace décadas despejan muchos de los temores que existen alrededor de sus riesgos. Suiza, fue el primero en hacerlo en 1942. A la fecha, el suicidio asistido apenas representa el 1 por ciento del total de las muertes, mientras que las cifras de quienes se quitan la vida por otros medios duplican o triplican esa realidad. Eso, sin contar con que la confederación es el único lugar del planeta que permite que los extranjeros viajen allí solo para morir. Los Países Bajos, otro Estado líder en esa práctica, tienen la tasa más alta del mundo, la eutanasia representa el 3 por ciento, del total de los decesos pero se cree que era el 2 por ciento antes de legalizar la práctica y que la reglamentación solo hizo que los holandeses acudieran a los centros médicos con mayor libertad. El 90 por ciento de quienes han ido son pacientes que sufren de cáncer. En Estados Unidos pasa algo similar. Desde que fue aceptado en Oregon, 1.327 personas se la han practicado sin que exista ningún problema.

En ese contexto, la cancelación de la cita para la eutanasia de don Ovidio le pudo causar un gran dolor a él y a su familia, pero en últimas le hizo un enorme bien al país. “Se dieron grandes avances. Al volverse público, la sociedad pudo ver con transparencia el proceso con sus fallas y sus bondades”, explicó en ese entonces Carmenza Ochoa, directora de la Fundación Pro Derecho a Morir Dignamente. Por otro lado, también envió un mensaje a los funcionarios que temen cumplir con las sentencias que han reconocido libertades. Como describió el periódico El País de España, el caso de Ovidio Gonzalez terminó teniendo “un triste final feliz”. A Matador todavía el tema lo remueve en lo más profundo. 

Tomado de: https://www.semana.com/nacion/articulo/matador-habla-sobre-la-guerra-de-su-papa-por-la-eutanasia/689684